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Meterse en el cuadro

20 Apr

No he notado demasiado los cambios en la dirección de RTVE. Me metí en un cuadro hace años, y me sigo metiendo en cuadros hoy.

Carlos del Amor, periodista

Los cuadros de la muestra de Hiperrealismo en el museo Thyssen son tan reales que casi te parece estar dentro de ellos. Eso es lo que quiso demostrar el periodista Carlos del Amor cuando, en uno de sus reportajes culturales para el telediario de Televisión Española, subió las escaleras y se introdujo en uno de los lienzos. Cuenta que movilizó a todo un equipo técnico para conseguir este efecto. Pero logró transmitir esa sensación de realidad de una forma aún más directa que con las palabras.

Esta potencia expresiva de las imágenes es una de las grandes bazas del reportaje televisivo. A diferencia de los textos para prensa, que describen una realidad, el reportaje en televisión juega a mostrar para que el espectador tenga una experiencia más cercana con esa realidad. De ahí que, a veces, no haya narración, no haya un intermediario que sitúe la historia: sólo están sus protagonistas hablando directamente a la cámara que un reportero lleva al hombro. Lo que ves es lo que hay, sin comentarios, sin luces, sin música: sin nada que distraiga.

Este estilo de reportaje televisivo nació con Callejeros, del canal Cuatro, ideado por Carolina Cubillo. Un estilo que conoce bien José Miguel Almagro, que durante años trabajó para este programa, y que luego pasó por otros formatos similares, como Vidas Anónimas, de La Sexta. Sentada a su lado, la profesora Eulalia Adelantado, de la Universitat Politècnica de València, se pregunta en voz alta si es posible en televisión “crear un binomio eficaz entre rigor informativo y entretenimiento de calidad”.

Almagro opta por una respuesta de compromiso entre ambos polos que no tienen por qué ser opuestos. “Hay que dar información, pero buscando una manera entretenida de presentarla. Algunos reporteros prefieren la información, y a otros les gusta más el espectáculo. El resultado depende del reportero”. Depende del reportero porque es él quien, al final, le imprime un cierto tono, un enfoque y un ritmo a la pieza, lo mancha con su toque personal.

Unas veces, lo hará con su propia presencia ante la cámara, viviendo -y a veces sufriendo- en las propias carnes todo aquello que quiere contar, al estilo de los trabajos de Samanta Villar y Adela Úcar en 21 días. En otros casos, es el propio medio quien encarga a un periodista determinado, de renombre y experiencia, elaborar un reportaje o una serie de reportajes sobre cierto tema, como en el caso de las piezas firmadas por Jon Sistiaga. Se escoge a un profesional en concreto que con su firma aporta su punto de vista y su forma de trabajar particulares, ambas cualidades personales e intransferibles. . Sin embargo fue Gemma Soriano la que dió una auténtica lección sobre el reportaje televisivo. La directora de Repor (TVE) asegura que la entrevista es la piedra angular del reportaje: “el mejor reportaje es aquel que te entra por la piel y consigue que todos tus sentidos estén en alerta”, a pesar de ello no se olvida de que a las personas “hay que tratarlas siempre con muchísimo respeto”.  Su programa apuesta por el trinomio de información, divulgación y entretenimiento porque afirma: “somos el puente entre la audiencia y los personajes que entrevistamos”. Soriano defiende el trabajo previo que se realiza en cada reportaje: “No pasábamos por allí, estábamos porque queríamos contar una historia”.

Mantener una mirada propia, la ilusión, la curiosidad. Buscar una manera original de contar algo.  Atraer al público por medio de un relato diferente. Es lo que decía Carlos del Amor, y es lo que desprenden sus piezas para TVE: más cercanas al arte de la literatura, que al oficio del periodismo. Sus trabajos se distinguen por su estilo, un sello tan personal como las huellas dactilares.

Quizá un reportaje televisivo hable de lo que otros medios en Internet ya han publicado, o de lo que muchos periódicos ya han calcado a imagen y semejanza del teletipo. Se trata ahora de no conformarse con dar informaciones, sino de intentar contar historias. De buscar los detalles, esas “pepitas de oro” a las que aludió Gonzalo del Prado, y que hacen diferente a un reportaje. El periodista de Antena 3 decía que en televisión se deben contar historias, contar muchas cosas en pocas palabras…pero, sobre todo, contar la verdad.

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Alumnos de Periodismo graban la intervención de Gonzalo de Prado
en las VII Jornadas Internacionales de Periodismo UMH

Todos estos formatos, desmenuzados con los ejemplos que se han analizado en la octava edición de las Jornadas Internacionales de Periodismo de la Universidad Miguel Hernández coinciden en un punto: lo que realmente le dará profundidad, verdad y personalidad a una historia es que el periodista se implique en ella. Ya lo explicó Carlos del Amor:  a veces, hay que meterse en el cuadro para que algo se vuelva aún más real.

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Aquí Rysiek

29 Nov

No hay periodismo posible al margen de la relación con otros seres humanos.

Ryszard Kapuscinski

Según escribe el periodista italiano Mauro Sarti en su libro Il giornalismo sociale (El periodismo social), los textos de Ryszard Kapuscinki “están a medio camino entre la narración periodística, la crónica, el ensayo histórico y el relato“. Para Beata Nowacka, Kapuscinski se da a conocer en sus diferentes facetas: escritor, poeta, fotógrafo, intérprete de otras culturas y, sobre todo, reportero.

Placa en el edificio de la PAP, la agencia de noticias polaca

para la que trabajó Ryszard Kapuscinski

(Varsovia, septiembre de 2011)

Vía Wikimedia Commons

Nowacka, biógrafa del gran periodista polaco, presentó estas cinco facetas de Kapuscinski durante una charla ofrecida a alumnos de Periodismo en la Universidad Miguel Hernández de Elche. Sin embargo, existe otro rasgo del reportero que no por obvio es menos importante: Kapuscinski fue, ante todo, humano.

Esto es, al menos, lo que defendió en su obra. A diferencia de otros de los llamados teóricos del periodismo, Kapuscinski renunció a dictar sentencia sobre cómo se debía escribir para los medios de comunicación o cuál debía ser la estructura de trabajo o el modelo a seguir por estos medios. En lugar de ello, Kapuscinski describió las cualidades humanas que debía poseer todo (buen) periodista que, antes que ser un profesional, es sobre todo una persona.

“Creo que, para ejercer el periodismo, ante todo hay que ser un buen hombre o una buena mujer, buenos seres humanos”, expone en una entrevista recopilada en el libro Los cínicos no sirven para este oficio. “Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona, se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino”.

El reportero sería entonces, simplemente, una persona entre personas, actitud básica para lograr romper las barreras y conocer de verdad al ‘otro’. Ese ‘otro’ que en Kapuscinski suele identificarse con la figura de los más pobres: “la parte infeliz de la familia humana”.

Pero no sólo hay que conocer al otro. Para poder contar su historia, hay que “ganarse el derecho a hablar sobre ello”, según las declaraciones de Kapuscinski publicadas en El mundo de hoy. Autorretrato de un reporterouna tesis según la cual “no se puede ni escribir, ni hablar, de algo que no se ha vivido y de lo que no se han compartido los riesgos”.

Por eso, porque para hablar sobre algo necesitaba involucrarse hasta el final, las obras de Kapuscinski están salpicadas de historias personales. En Un día más con vida, por ejemplo, el autor humaniza a sus personajes, describe cómo prisioneros y soldados discuten animadamente sobre fútbol, se recrea en el retrato de una joven militar que fallece después de protegerle a él y a sus compañeros, les presenta a todos por lo que son y no por el papel que representan en el conflicto. Las anécdotas son fundamentales para que el lector de cualquier parte del mundo comprenda que el ‘otro’, el lejano, es una persona con la que tiene nexos en común.

Kapuscinski fotografió a la guerrillera Carlota en Angola,

y la inmortalizó en Un día más con vida

(vía jaimeazulay.blogspot.com)

El ser humano como materia prima de las historias y como autor fundamental de eso que llamamos periodismo: ésa podría ser una síntesis del legado que dejó Kapuscinski. Y, quizás, una clave para superar la apatía de muchos periodistas, el aburrimiento de muchos lectores: ese “periodismo inane y extenuante” del que alertaba Maruja Torres desde las páginas de El País Semanal.

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